lunes, 10 de febrero de 2014

¿Nos sumamos al sistema de los descuentos?

Recuerdo que me reí a carcajadas la primera vez que vi unos cupones recortables que venían al final de las páginas amarillas (esas que hoy sólo sirven para poner un poco más alto el monitor del ordenador), y que además me recochineaba de mi amigo David, que iba por las oficinas del edificio mendigando dichos cupones, para con ellos luego llevar a su novia a cenar a esa hamburguesería (que se hace llamar restaurante) donde después de comer te dicen o te sugieren que tires la bandeja y ya puestos, que limpies la mesa. Lo de barrer y fregar aún no te lo piden, pero de seguro que llegará. Ha pasado una década larga casi dos, y los cupones de descuento los tenemos por todas partes, hasta debajo de la tapa de los yogures de marca blanca del supermercado. Reconozco a mi pesar que incluso yo los he utilizado, y el caso es que comprar barato como decía la canción, te da una extraña sensación. Lo hice con una tarjeta de fidelización que se llama disfruta y ahorra, donde hay una serie de establecimientos adheridos al sistema de dicha tarjeta, que te hacen importantes descuentos por utilizarla en sus comercios. Tan simple como llegar, comprar lo que quieras y cómo quieras, y mostrar la tarjeta a la hora de pagar. ¡Descuento al canto! Así de fácil y de rápido. En mi caso al menos, la amorticé en la primera compra. Ahora estoy por convencer a mi jefe de las bondades del sistema, para implantarlo en la empresa, pero tropiezo con que es o pertenece a lo que se ha dado en llamar la vieja escuela, y al menos hasta que el no lo pruebe en sus propias carnes, no lograré convencerle. Y es que a veces, los empleados llevan más razón que el jefe. ¡O no!

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